Dossier: Por una Democracia Eficaz

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¿Por qué hay desencanto sobre los logros de la democracia mexicana?

¿Por qué prevalece la impunidad y la corrupción a pesar de que hay más transparencia de los poderes públicos?
Si la democracia significa mayor transparencia y mejor rendición de cuentas,
¿por qué la corrupción no se ha reducido en México?

 

 

Con lenguaje claro y vigor analítico, Luis Carlos Ugalde hace un recuento pormenorizado de los tres procesos modernizadores que México ha intentado desde su Independencia. El autor analiza por qué la democracia electoral no se ha traducido todavía en gobiernos íntegros y eficaces y ofrece algunas recomendaciones para construir una gobernabilidad democrática eficaz. En este libro, dividido en 4 partes, el autor explica las transformaciones de la democracia a las que nos hemos enfrentado los mexicanos:

 
-Antecedentes
•Orígenes de nuestros problemas. El triunfo del liberalismo en el siglo XIX. Cambio político.
-Los problemas sistémicos
•Impunidad, clientelismo, escasa cultura de la legalidad.
-Las consecuencias
•Gobiernos deficientes. Vetocracia. Legitimidad.

 
-Las soluciones
•¿ Qué hacer? Por una democracia eficaz, nos presenta el escenario de un sistema político que no ha cambiado: persisten problemas sistémicos y ancestrales, como una escasa rendición de cuentas, la impunidad, el clientelismo, la falta de una cultura de la legalidad y de la participación ciudadana así como un Estado fiscalmente pobre y endeble. Mientras esos problemas no se ataquen, los gobiernos funcionarán con deficiencias pese a su origen democrático. “La gobernabilidad democrática se nutre de un sistema electoral incluyente, de una buena estructura de gobierno y de una base fiscal suficiente; asimismo, de un Estado de derecho sólido y de los mecanismos de supervisión entre poderes de gobierno.”

 
Extractos “Por una democracia eficaz”
En el 2012 México era un país con libertades ciudadanas y derechos políticos. Aunque tenía un agudo problema de pobreza y desigualdad, con niveles alarmantes de inseguridad pública y mayor corrupción que apenas una generación antes, era estable y gobernable. Su gobierno mantenía el monopolio del uso de la fuerza en la mayor parte del territorio, seguía cobrando impuestos (pocos) y esa baja recaudación fiscal la compensaba con los ingresos del petróleo. A pesar de las fallas, no era un Estado fallido (aunque sí una democracia de baja calidad con gobiernos deficientes que daban pocos resultados).
La fachada política de México en el 2012 mostraba un país democrático, pero su democracia estaba atrapada y contaminada por los mismos males del pasado: el clientelismo, la preeminencia de grupos de interés que la tenían capturada y maniatada, la falta de legalidad, de un sólido Estado de derecho y de ciudadanos con valores cívicos que fueran corresponsables de darle un nuevo rumbo a la nación. Todos los indicadores que “miden” la democracia reflejaban esa salud endeble: en el 2011, México ocupaba el penúltimo lugar entre los países de América Latina en cuanto al apoyo que sus habitantes le profesaban: sólo 40% decía que la democracia era preferible a cualquier otra forma de gobierno, cuando el promedio de la región era de 58% y solamente Guatemala estaba peor, con 36% de apoyo, según Latinobarómetro; Freedom House, una organización que estima el grado de democracia de los países del mundo, consideraba a México como “parcialmente libre” ese mismo año, cuando apenas en el 2000 lo había evaluado como “libre”; asimismo, por primera vez en 30 años era calificado, según el Índice Freedom of the Press, como un país “no libre” en materia de libertad de prensa, como resultado de la intimidación de periodistas por parte del crimen organizado. Por eso The Economist Intelligence Unit etiquetaba la nuestra como una “democracia con fallas” en el 2010.

 

¿Qué dice el autor sobre algunos conceptos clave?

 
Impunidad
El principal problema sistémico de la política mexicana es la impunidad política, esto es, un sistema de irresponsabilidad donde los políticos y los funcionarios públicos no pagan las consecuencias de sus actos u omisiones. Ni el funcionario que trafica influencias, ni el diputado que vota malas leyes, ni el gobernador que endeuda a su entidad, ni el alcalde que gasta mal el presupuesto. Todos ellos navegan sin rendir cuentas ni encarar eventuales penas por sus yerros.

 
Cultura política de los mexicanos
Un problema mayor de la democracia mexicana es la escasez de demócratas en la sociedad, esto es, ciudadanos que cumplan la ley, participen en la vida comunitaria y contribuyan a financiar el gasto del gobierno. Se ha vuelto un cliché achacar los males de México a los políticos y los partidos y dividir al país en dos clases: los políticos malos, que engendran corrupción y mal gobierno, y los ciudadanos impolutos, que son víctimas de la maldad e incompetencia de aquéllos. Sin embargo, la clase gobernante surge y es parte de una sociedad con la que comparte valores y vicios, fortalezas y debilidades. Por eso se dice con frecuencia que “todo pueblo tiene el gobierno que se merece”.

 
Fragilidad fiscal
México recauda poco, gasta poco y gasta mal. Recauda poco porque cobra poco a sus habitantes para financiar el gasto del gobierno; gasta poco en comparación tanto con otros países como respecto de las necesidades sociales y de infraestructura del país, y gasta mal porque incluso ese gasto insuficiente con frecuencia se destina a satisfacer clientelas políticas o a dar subsidios mal focalizados. Según Carlos Elizondo Mayer-Serra, “un Estado con baja capacidad recaudatoria es un Estado frágil”. Yo añadiría que si ese Estado frágil además gasta poco y gasta mal es, asimismo, un Estado ineficaz.

 

Carlos Elizondo Mayer-Serra, “Nuestro inefectivo pacto tributario”, en VV. AA., La flecha al aire. Homenaje a Javier Beristáin. Ensayos sobre economía, desarrollo e innovación educativa, ITAM-CIDE-Miguel Ángel Porrúa, México, 2010, p. 72.
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